DestacadoLa importancia del cuidado de la salud mental en la infancia

La importancia del cuidado de la salud mental en la infancia

 La infancia es una etapa decisiva para el desarrollo emocional, social y cognitivo. Las habilidades que los niños adquieren —regular emociones, resolver problemas, construir vínculos y confiar en sí mismos— se convierten en cimientos para su vida adulta. Descuidar la salud mental en estos años no solo eleva el riesgo de trastornos como ansiedad o depresión en la adolescencia, sino que también afecta al rendimiento escolar, las relaciones con iguales y la capacidad de afrontar retos. Por el contrario, invertir en bienestar psicológico temprano mejora la resiliencia, la autoestima y la adaptación a cambios, y reduce costes familiares y sociales a largo plazo.

Cuando las necesidades superan el acompañamiento escolar o familiar, es esencial contar con profesionales formados en salud mental infantil. Psicólogos, pediatras y psiquiatras coordinan evaluaciones y planes de tratamiento. En contextos locales, disponer de recursos confiables agiliza la atención. Por ejemplo, quienes viven en Canarias pueden informarse sobre psiquiatría infantil en Tenerife para acceder a evaluación integral, coordinación con centros educativos y seguimiento continuo. La derivación temprana evita cronificación de síntomas y mejora resultados académicos y sociales. Además, es útil conocer servicios públicos y concertados, y asociaciones que ofrecen orientación gratuita para familias.

Factores de riesgo y de protección

El entorno familiar, escolar y comunitario influye profundamente. Entre los factores de riesgo destacan la inseguridad económica, conflictos familiares persistentes, experiencias de acoso, exposición a violencia y un uso problemático de pantallas. También pueden incidir condiciones neurodesarrollativas (como TDAH o trastornos del espectro autista) que requieren apoyos específicos. En el lado protector, la presencia de un cuidador sensible y disponible, rutinas claras, tiempo de juego no estructurado, actividad física, sueño de calidad y una escuela que prioriza el clima emocional son pilares comprobados. La prevención nace de fortalecer estos factores de protección y de detectar precozmente las señales de alerta.

Señales de alerta a las que prestar atención

  • Cambios bruscos en el apetito o el sueño.
  • Irritabilidad persistente, tristeza o ansiedad que no remiten.
  • Aislamiento social, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.
  • Quejas somáticas frecuentes (dolor de barriga, de cabeza) sin causa médica clara.
  • Bajada significativa del rendimiento escolar o problemas de atención.
  • Conductas regresivas (volver a hacerse pis, chuparse el dedo) o agresividad inusual.

Estas señales no implican necesariamente un trastorno, pero sí justifican una conversación abierta con el niño y, de ser necesario, una consulta profesional.

El papel de la familia y la escuela 

La familia es el primer sistema de apoyo. Una comunicación cálida, escuchar sin juzgar y validar emociones ayuda a los niños a nombrar lo que sienten y pedir ayuda. Establecer rutinas para comer, dormir y estudiar aporta seguridad, y el modelado de los adultos—cómo gestionan el estrés o piden disculpas—enseña estrategias de regulación. La escuela, por su parte, puede integrar programas de educación emocional, protocolos antiacoso y espacios seguros de tutoría. La coordinación entre docentes, orientadores y familias es clave para intervenir a tiempo.

Intervenciones eficaces

  • Psicoeducación para padres y niños: comprender cómo funcionan las emociones y aprender herramientas de afrontamiento.
  • Terapias basadas en evidencia: terapia cognitivo-conductual, intervención en habilidades sociales, terapia familiar y apoyo para trastornos específicos del neurodesarrollo.
  • Hábitos saludables: ejercicio, sueño, contacto con la naturaleza y reducción del tiempo de pantalla favorecen el equilibrio emocional.
  • Enfoque comunitario: actividades culturales y deportivas, y redes de apoyo entre familias, refuerzan la integración y el sentido de pertenencia.

Cuidar la salud mental en la infancia es una inversión esencial en el futuro del niño y de la sociedad. La prevención mediante entornos seguros y afectivos, la detección temprana de señales de alerta, y el acceso a apoyo profesional cuando se necesita constituyen la estrategia más efectiva. Con familias comprometidas, escuelas sensibilizadas y recursos de calidad, cada niño puede desarrollar las herramientas emocionales que le permitirán crecer, aprender y relacionarse de forma saludable a lo largo de su vida.

Últimos artículos

Secciones de Salud